Muy buenos días, queridos amigos.Hoy os propongo un paseo muy especial por nuestra Sevilla. Un paseo que no vamos a hacer solamente con los pies, sino también con la memoria, con la literatura y con esos recuerdos que, aunque pasen los años, permanecen para siempre en algún rincón de nuestra alma.
Para este viaje vamos a visitar un palacio, pero no para hablar de duques, de grandes salones o de fiestas aristocráticas. Vamos a entrar en él para conocer una historia mucho más humana: la de un niño que nació entre sus muros y que, muchos años después, convertiría los recuerdos de su infancia sevillana en algunos de los versos más hermosos de nuestra literatura.
Me estoy refiriendo, naturalmente, a Antonio Machado, uno de los grandes poetas españoles, cuya vida comenzó aquí, en Sevilla, el 26 de julio de 1875.
Y el lugar de su nacimiento no fue una casa cualquiera. Fue el Palacio de las Dueñas.
Pero hay una curiosidad que quizá algunos desconozcan: Antonio Machado no nació en la misma vivienda que su hermano mayor, Manuel. Entre ambos nacimientos, la familia había cambiado de domicilio.
Manuel Machado nació en agosto de 1874 en una casa de la calle San Pedro Mártir, muy cerca de lo que hoy conocemos como el Museo de Bellas Artes. Antonio, en cambio, llegó al mundo casi un año después en el Palacio de las Dueñas.
Y es precisamente ahí donde comienza nuestra historia.
Cuando hoy visitamos el Palacio de las Dueñas, nos encontramos con uno de los conjuntos arquitectónicos más hermosos de Sevilla. Sus patios, sus galerías, sus jardines y su arquitectura nos hablan de siglos de historia.
Sin embargo, hay una etapa del palacio que resulta especialmente interesante y que nos permite contemplarlo desde otra perspectiva.
Durante el siglo XIX, Las Dueñas no fue únicamente una residencia vinculada a la aristocracia. Parte de sus dependencias se destinó a viviendas de alquiler, convirtiendo el edificio en un espacio habitado por distintas familias.
Imaginad por un momento aquella Sevilla de hace siglo y medio. Una ciudad sin el tráfico que hoy conocemos, sin teléfonos móviles, sin las prisas de nuestro tiempo. Una ciudad de calles estrechas, patios compartidos y conversaciones que se prolongaban al caer la tarde.
En aquel palacio convivían la grandeza arquitectónica de otros tiempos y la vida cotidiana de sus habitantes.
Y allí se instaló la familia Machado.
El padre de Antonio, Antonio Machado y Álvarez, conocido por el sobrenombre de Demófilo, estuvo vinculado a la administración del inmueble. Aquella circunstancia permitió que la familia residiera en el palacio y que Antonio naciera entre sus muros.
Pero cuidado: no debemos imaginar necesariamente a Antonio como un niño que vivía rodeado de lujos aristocráticos. Su infancia estuvo ligada a una familia culta, de ideas liberales y con dificultades económicas, que encontró en aquel lugar su hogar.
Eso cambia bastante la imagen que podemos hacernos de su nacimiento.
Para comprender a los hermanos Machado hay que detenerse en una figura fundamental: su padre.
Antonio Machado y Álvarez, Demófilo, fue un intelectual, escritor y estudioso del folclore andaluz. Su sobrenombre significa, aproximadamente, «amigo del pueblo», y pocas denominaciones resultan tan apropiadas para explicar su trayectoria.
En una época en la que muchas expresiones de la cultura popular eran consideradas inferiores por determinados sectores de la sociedad, Demófilo decidió prestar atención a aquello que otros no valoraban suficientemente.
Escuchó a la gente, recopiló coplas y estudió las tradiciones populares. Se interesó por las letras del flamenco, por sus formas de expresión y por ese conocimiento que durante generaciones había pasado de unas personas a otras a través de la palabra y el cante.
En 1881 publicó su Colección de cantes flamencos, una obra fundamental para el estudio de este arte.
Aquí quiero que nos detengamos un instante.Porque cuando hablamos de Sevilla, de Andalucía y de nuestra cultura, muchas veces pensamos en grandes monumentos, en edificios históricos o en obras de arte que podemos contemplar en un museo.
Pero nuestra cultura también está en una soleá cantada en una reunión familiar, en una copla que alguien aprendió de su madre o en una letra que ha sobrevivido durante décadas sin que nadie recuerde quién la escribió.
Demófilo comprendió el valor de ese patrimonio.
Es bonito pensar que Antonio y Manuel crecieron en una familia donde la cultura no se encontraba solamente en los libros, sino también en las voces de la gente y en las manifestaciones populares de Andalucía.
Por eso, cuando escuchamos hablar de los Premios Demófilo, relacionados con la artesanía y las tradiciones de la Semana Santa sevillana, encontramos una conexión con aquel hombre que dedicó buena parte de su vida a estudiar y preservar la cultura popular.
Su legado sigue recordándonos que las tradiciones no se mantienen vivas por sí solas: necesitan personas que las conozcan, las documenten y las transmitan.
En esta historia hay otro personaje que merece nuestra atención: el abuelo paterno de Antonio y Manuel, Antonio Machado y Núñez.
Nacido en Cádiz en 1815, fue médico, naturalista, catedrático y una figura destacada de la vida universitaria sevillana. También defendió las ideas evolucionistas de Darwin en una época en la que estas despertaban importantes controversias.
Llegó a ocupar el rectorado de la Universidad de Sevilla y participó activamente en la vida pública.
Nos encontramos, por tanto, ante una familia en la que convivían el interés por la ciencia, las ideas progresistas, la literatura y el estudio de las tradiciones populares.
No es extraño que ese ambiente tuviera una influencia importante en la formación de los dos hermanos.
La familia acabaría trasladándose a Madrid en 1883, cuando Antonio tenía ocho años y Manuel nueve. Allí continuaría su educación y entraría en contacto con un ambiente intelectual que resultaría decisivo para su formación.
Pero hay algo que Madrid no podía llevarse de ellos: sus primeros recuerdos.
Y esos recuerdos tenían nombre de ciudad.
Se llamaban Sevilla.
Si hay unos versos que resumen la relación de Antonio Machado con su infancia sevillana, son estos:
«Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla,
y un huerto claro donde madura el limonero…»
Pertenecen al poema Retrato, incluido en Campos de Castilla, y constituyen una de las evocaciones más conocidas de su obra.
Fijaos en algo muy sencillo: Machado no comienza recordando grandes acontecimientos históricos, ni personajes ilustres, ni monumentos extraordinarios.
Recuerda un patio.
Recuerda un huerto.
Recuerda un limonero.
Es decir, recuerda esas pequeñas cosas que muchas veces pasan inadvertidas mientras las vivimos y que, sin embargo, terminan convirtiéndose en lo más valioso cuando miramos hacia atrás.
Y aquí es donde el Palacio de las Dueñas adquiere una dimensión especial.
No se trata solamente de identificar un edificio con un poeta famoso. Se trata de comprender cómo un lugar puede quedarse dentro de una persona para acompañarla durante toda su vida.
Antonio abandonó Sevilla siendo un niño. Después vendrían Madrid, sus años de formación, su estancia en París, su vida en Soria, su relación con Leonor, sus viajes y, finalmente, el exilio.
Su biografía lo alejaría físicamente de su ciudad natal, pero Sevilla seguiría presente en su memoria.
Conviene recordar, además, que la imagen literaria del patio y del limonero expresa una memoria personal, no una descripción documental de cada rincón del palacio. Lo verdaderamente importante es la emoción que encierra.
Porque todos tenemos un patio, una calle, una casa o un olor que nos devuelve a la infancia.
Quizá por eso estos versos siguen emocionándonos tantos años después.
Volvamos ahora al Palacio de las Dueñas.
Intentemos imaginar cómo podía ser la vida en aquel edificio durante la infancia de los hermanos Machado.
En sus dependencias había viviendas, y en sus patios y galerías se desarrollaría parte de la convivencia cotidiana de sus habitantes. Podemos pensar en las conversaciones entre vecinos, en las tareas domésticas y en los niños jugando en los espacios compartidos.
Debemos distinguir, eso sí, entre lo que conocemos históricamente y lo que podemos reconstruir a partir de las costumbres de la época. No disponemos de una descripción completa de cada jornada de la familia Machado dentro del palacio.
Pero sí sabemos que aquel entorno formó parte de la infancia de Antonio y que la evocación de los patios sevillanos se convirtió en una imagen central de su poesía.
Hay otro aspecto interesante: Las Dueñas estaba relacionado con un ambiente artístico y cultural que también formaba parte de la Sevilla de aquellos años.
La ciudad no era únicamente la Sevilla monumental que admiraban los viajeros. Era también una ciudad de trabajadores, artesanos, músicos, escritores y familias que desarrollaban su vida entre calles, patios y casas compartidas.
Una Sevilla que no siempre aparece en las grandes crónicas, pero que resulta imprescindible para comprender nuestra historia.
Esa es, precisamente, una de las cosas que más me gusta recordar cuando paseo por nuestra ciudad: detrás de cada edificio hay muchas más historias de las que vemos a simple vista.
A veces, basta con detenerse un momento para descubrirlas.
Llegamos ahora al final de la vida de Antonio Machado.
En 1939, después de la Guerra Civil española, el poeta cruzó la frontera francesa camino del exilio. Se encontraba enfermo y falleció en Colliure el 22 de febrero de aquel año.
Lejos de Sevilla, lejos de España, terminaba la vida de uno de sus hijos más universales.
Entre los recuerdos manuscritos que se le atribuyen figura una anotación que ha pasado a formar parte de la memoria colectiva:
«Estos días azules y este sol de la infancia».
La frase se ha interpretado como una última evocación de la luz y los recuerdos de su niñez. No podemos afirmar que se refiriera exclusivamente al Palacio de las Dueñas, pero sí nos permite comprender hasta qué punto la infancia puede permanecer viva en la memoria de una persona.
Uno no puede evitar preguntarse qué imágenes pasarían por la mente del poeta en aquellos últimos días.
Quizá recordara a su familia, los patios de Sevilla, la luz de Andalucía o aquellos años en los que todavía no podía imaginar el largo camino que le esperaba.
No lo sabemos.
Pero sí sabemos que Sevilla quedó para siempre en su poesía.
Hasta aquí nuestro paseo de hoy.
Hemos hablado de Antonio Machado, de su hermano Manuel, de su padre Demófilo y de su abuelo Antonio Machado y Núñez. Hemos viajado a una Sevilla del siglo XIX que ya no existe exactamente como entonces, pero que sigue viva en sus edificios, en sus tradiciones y en las palabras de quienes supieron recordarla.
Hemos descubierto que el Palacio de las Dueñas no es solamente una joya arquitectónica ni el lugar donde nació un poeta universal.
Es también una puerta abierta a la memoria de nuestra ciudad.
Y esa es la intención de este Cicerone: pasear con vosotros por nuestra ciudad, descubrir sus curiosidades y rescatar esas pequeñas historias que merecen ser contadas.
Así que, la próxima vez que paséis cerca del Palacio de las Dueñas, deteneos un instante.
Pensad en aquel niño nacido en julio de 1875. Pensad en el hombre que tuvo que marcharse de Sevilla, pero que nunca dejó de llevarla consigo.Y recordad que, en ocasiones, el mayor tesoro de una ciudad no está solamente en sus monumentos, sino en los recuerdos que ha sido capaz de sembrar en quienes nacieron en ella.
Muchas gracias por acompañarme en este paseo.
Os ha hablado El Cicerone de Sevilla. Hasta nuestro próximo encuentro, queridos amigos. Y ya sabéis: cuando paseéis por Sevilla, no miréis solamente lo que tenéis delante. Intentad descubrir también las historias que se esconden detrás de cada esquina.






